Muchas personas que llegan a la Iglesia logran grandes milagros y de repente lo pierden todo. A veces ellas mismas se preguntan el por qué y hasta reniegan de Dios siendo que Él no es el culpable por su desgracia. En realidad, lo que conduce a fracasos así, donde un día se tuvo todo y ahora no, es la falta de entrega de la persona hacia Dios.
Lo más triste de todo esto es que las conquistas físicas o materiales no lo son todo. Aquí, cualquiera de nosotros podrá vivir unos cuantos años, pero la eternidad tiene siglos sin fin. Si hoy no buscamos nuestra salvación, al morir, ya no habrá otra oportunidad de conseguirla, cuando pasamos a la eternidad nos dirigimos al destino que nosotros mismos preparamos en vida.
Conocer las Sagradas Escrituras a fondo, acudir a la Iglesia o tener un título en este mundo no garantiza la vida eterna con Dios. Para lograr esta bendición tan grande es necesario nacer del agua y del Espíritu, tal y como un día el Señor Jesús le enseñó a Nicodemo:
“Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:1-5).
Nicodemo se acercó a Jesús porque había visto los milagros hechos por Él. Así como Nicodemo, hay quienes sólo vienen a la Iglesia para buscar los milagros sin pensar que lo principal es hallar su salvación eterna. Vienen de ‘noche', es decir, sin desear ser vistas por nadie, porque no desean un compromiso mayor con Dios. Jesús conociendo a Nicodemo, lo exhortó para que buscara la salvación de su alma, por eso la respuesta de Jesús fue acerca de la vida eterna y no sobre las señales de las que Nicodemo comenzó a hablar.
El Señor Jesús dejó claro en esta parte que para ver el reino de los cielos es necesario nacer del agua, aunque para entrar en él mismo no sólo se debe nacer del agua sino también del Espíritu.
Nacer del agua significa cambiar sus tradiciones, su manera de pensar y actuar, tomando como parámetro de vida y comportamiento la Palabra de Dios; este hecho es representado por el bautismo en las aguas (Santiago 1:18). Nacer del Espíritu significa tener el fruto del Espíritu, un carácter semejante al carácter de Dios donde el amor, la fe, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la templanza son sentimientos naturales dentro de la persona; este hecho sucede cuando se es bautizado por el Espíritu Santo (Galatas 5:22-23).
Al nacer del agua y del Espíritu, usted será considerada como una persona nacida de Dios. Tendrá derecho a todas las bendiciones terrenales y, sobretodo, tendrá garantizada la vida eterna con Dios. Cuide su vida espiritual, no existe nada más valioso y para lograrlo basta entregarse completamente en las manos de Dios.